MANIFIESTO DE LA DELEGACIÓN DIOCESANA DE PASTORAL DEL TRABAJO ANTE EL 1 DE MAYO

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La Juventud Obrera Cristiana denuncia precariedad laboral y vivienda inaccesible

1 de mayo de 2026

“Un mundo en guerra contra la vida”. Este enunciado, además de ser parte del título de un libro relativamente reciente, podría titular una instantánea en palabras del momento global actual. Es en este contexto, hondamente preocupante y desafiante, como nos alcanza y nos encuentra el próximo 1 de Mayo, el Día Internacional del Trabajo. Estamos ante una fecha que representa un formidable toque de atención a nivel mundial sobre la centralidad y la importancia fundamental del trabajo humano, al tiempo que lanza un cuestionamiento de fondo: al modelo de desarrollo y la economía desalmada que los más poderosos tratan de asentar; a la injusta distribución y el destino último de los recursos disponibles – que, activa o pasivamente, a menudo apoyamos o consentimos – ; a la creciente y escandalosa desigualdad existente, con sus secuelas de injusta discriminación, precariedad, exclusión y pobreza; y, en suma, al modelo de sociedad que, entre todas y todos, vamos construyendo.

Porque lo que se supone, y parece dictar la razón, es que el trabajo – que, en cuanto tal, es propiamente una cualidad humana -, de un modo u otro se orienta y debe orientarse a la vida: a facilitarla, promoverla, sustentarla, mejorarla, cuidarla. Y nos referimos a la vida integral y universalmente considerada: en la naturaleza y las personas, los individuos, las familias y los pueblos, el mundo entero en su interrelación e interdependencia… Una cuestión, ésta, hoy particularmente sensible. Porque hemos llegado a un punto en que nuestros modelos de vida, de crecimiento permanente, de extracción y producción, de distribución y consumo, de relacionarnos… amenazan y están poniendo en peligro la vida misma.

Sostenemos que el trabajo, por el carácter humano del mismo que lo cualifica, tiene una dignidad y un valor singulares. No es un mero instrumento de producción al servicio del beneficio, ni un simple medio de vida. Es una verdadera necesidad vital: para la satisfacción de las necesidades propias y las de la familia, para el desarrollo de las propias capacidades, para la inserción social y la contribución responsable al bien general, etc. Y también afirmamos – acabamos de indicarlo hace un instante – que, a menudo, el valor y la dignidad del trabajo humano están siendo violados; que el trabajo se deshumaniza, que no sólo no sirve a la vida, sino que, como nos recuerda el mismo León XIV, los lugares de trabajo que deberían ser espacios de vida, “con frecuencia se transforman en lugares de muerte y desolación”. Los 2 muertos diarios en contexto laboral, que prácticamente vienen a sumar unos 700 accidentes laborales mortales al año, son la manifestación extrema y dramática de una realidad inaceptable. No nos hallamos ante meros datos estadísticos. Son rostros humanos, familias, historias truncadas. Y, además de la siniestralidad laboral, con frecuencia el mundo del trabajo se ha convertido en un mundo de descarte: por el desempleo, la precariedad, la temporalidad abusiva, la falta de ‘papeles’, los salarios insuficientes, el deterioro de la salud física y mental, las dificultades de conciliación, la negación de los derechos debidos…

El próximo 1 de Mayo es también, para quienes profesamos la fe católica, la festividad de San José Obrero. El enseñó al que constituye el centro de nuestra fe, a Jesús, nuestro Señor y Maestro, no sólo a trabajar y desempeñar una profesión manual, sino el rico y profundo sentido humanizador del trabajo; así como esa dimensión trascendente de acogida de la voluntad de un Dios que nos hizo cocreadores y cuidadores, con El, de un mundo al que quiere casa habitable, convivencial y feliz para todas y todos (cfr. L.E. 9). Es lo que, sin duda, Jesús vivió en el prolongado y clamoroso silencio de Nazaret, y, posteriormente, en lo que denominamos su ‘vida pública’ hasta su muerte.

Por eso esta Delegación Diocesana de Pastoral del Trabajo, como parte de la iniciativa eclesial por un Trabajo Decente – este año bajo el lema ‘Ante la exclusión, trabajo decente’ -, conscientes de nuestras notables debilidades y contradicciones, deseamos no obstante, ante todo, trasladar al mundo del trabajo la voluntad de compromiso vivo y sincero de la Iglesia en Navarra con dicho mundo. Deseamos hacer nuestras sus causas legítimas. Y esto como paso indispensable de verificación de nuestra fidelidad a Cristo y como prueba de que, tratando de construir una Iglesia en la que quepan todas y todos, no olvidamos la preferencia por los más vulnerables, por los pobres. Estos “aparecen en muchos casos como resultado de la violación de la dignidad del trabajo”. Los estudios sociológicos lo confirman. También en nuestra tierra. Dadas las condiciones de precariedad actuales, hoy estar empleado o empleada no garantiza necesariamente salir de la pobreza.

Y nada de lo ahora dicho, ni siquiera en la literalidad de su expresión, representa un camino nuevo. En los últimos tiempos, nos lo había dejado admirablemente marcado, en su luminosa encíclica sobre ‘El trabajo humano’ (L.E. cfr. números 8 y 9), Juan Pablo II.
Aprovechamos también, por lo mismo, esta oportunidad para, conscientes de nuestra pequeñez y pobreza, presentarnos ante vosotras y vosotros, hermanas y hermanos en la fe, con inmensa modestia, y ofreceros escucha y servicio. Ojalá podamos contribuir, entre todas y todos, a que el trabajo sea un ámbito de mayor y mejor posibilidad de realización humana integral y plena.

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